
Lo vivido deja su rastro. Los lugares en los que he permanecido más de lo normal han dejado un manojo de añoranzas que regurgito sistemáticamente. Hoy, al olor de un girón de aire añoré los chicles de cardamomo que masticaba y masticaba en Guatemala. Y la cara de Mara. Y sus manos fuertes y trabajadas con las que envolvía las mías, al despedirse, sonriente. Mara no volverá a acunar nada en sus manos ásperas y maternales. Ayer dejó de sonreír. Cerró los ojos tras el impacto de una bala descontrolada.
7 comentarios:
Que descanse en paz entonces.
Un saludo.
Dolores gratuítos por la mano del hombre.
La paz con la que no vivió. Sí, dolores gratuitos....
Besos
Vaya.
Qué triste.
Lo peor de las balas son los dedos que aprietan los gatillos.
Duro.
Pero su buena energía quedará.
Lo siento mucho amiga, pero en tu corazón amiga siempre permanecerá.
Besotes
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