domingo, 15 de marzo de 2009

Cine



Con el cine me declaro un ser insaciable. Cine, cine, cine, más cine por favor. Cuanto más cine veo más cine deseo ver. No como un vicio, ¿o sí? Pero siempre con una gran pasión. Con un nudo en el estómago frente a la expectativa de sentir, de ser, de dejarse llevar por el cauce de la historia que se desarrolla ante mis ojos.

Me gusta la liturgia del acto de ir al cine. Esta comienza en casa, viendo lo que las salas de nuestra ciudad ofrecen, seleccionando, eligiendo, como quien busca en un cajón la prenda que lucirá para una ocasión. Una vez elegida, junto con el lugar y la hora, se decide algo en absoluto baladí, si se va a ir sólo o acompañado y el tipo de compañía, que está condicionada por el grado de deseo/posibilidad de compartir la película elegida.

Vale, salimos de casa, vamos a la sala y adquirimos la entrada, con espera o sin ella, disciplinados en líneas humanas mirando a la cabina donde alguien nos habla tras un cristal, con una voz metálica, difícilmente cálida. Ya tenemos en nuestro poder la llave que nos abrirá las esencias.

Si hay compañía quizá compartamos antes conversación delante de un vaso en un local cercano donde se suele socializar. Aún envueltos en una conversación interesante, entraremos en el cine, obviando el ser invisible que desgarra el visado que nos otorgaron como derecho de acceso.

Ya nos hemos sentado, quizá en el lugar elegido, quizá en el que la dueña de la voz metálica nos asignó. En compañía o en soledad, esperamos a que las luces se apaguen, rodeados del murmullo de conversaciones a media voz. Desde siempre, vivo este momento con un nerviosismo infantil, con la zozobra estéril de si las expectativas creadas serán cumplidas. Y la luz se apaga y el silencio se hace elocuente.

Entonces se produce el milagro y la pantalla se llena de luz, de imágenes, de fotogramas que engañan nuestros ojos con la sensación de movimiento. Y yo, pequeña y solitaria en mi butaca, me convierto en el otro extremo del filamento y me ilumino por dentro.

Sí, la liturgia de ver cine en el cine no tiene nada que ver con el visionado de una película en casa, sea cual sea el artilugio que utilicemos para ello. Es la distancia entre lo original y su imitación, la catedral y la capillita doméstica de rezo, volar sobre el mar o saltar sobre un charco. Y a ello contribuye sin duda, toda esta ceremonia inconsciente que repetimos cada vez.

Hay algo que me emociona más que el hecho en sí de ver la película y sentirme parte de toda esta dinámica. Sí. Algo que a veces ha llegado a hacerme sonreír con los lagrimales húmedos: ver el sentir reflejado en tu cara, en la penumbra de la sala, adivinándote a mi lado.

6 comentarios:

P Vázquez "ORIENTADOR" dijo...

Reconozco que a mí también me pasa... pero voy poco.

imaging68 dijo...

La sensación de sentir las emociones en la pantalla; que alguien que no me conoce de nada, sabe lo que a mi me conmueve y me lo muestra.
Me impresiona estar sentado en el quicio de la butaca, y mirar, a mi lado, quien comparte contigo algo más que unas imágenes. Y sabes que esa película será parte de la vida que compartes.
¿Un cine?

un pirata dijo...

guau!! gracias por esta entrada, es una declaracion al cine que comparto brutalmente contigo. ayer mismo senti esa sensacion de volver al cine, la cual hago mucho menos de lo que quisiera, gracias por la entrada me ha emocionado. un saludo

LU dijo...

La magia del cine, maravillosa entrada y comparto contigo ese ritual, aunque lo de la voz metálica y esa asignación a veces tan extraña de asientos no me gusta especialmente. Aquí en mi ciudad (Vigo) se mantienen unos cines ya bastante antiguos, y algo deteriorados, pero con ese encanto de la taquillera que te habla directamente, el señor de la entrada que arranca ese trocito de papel que no ha escupido un ordenador. Y, lo mejor, los sitios no están numerados, llegas y eliges. Se dedican al cine de calidad y cruzamos los dedos para que se mantenga.

Mi momento es cuando se apagan las luces y te deslizas en el sillón totalmente dispuesta a emocionarte a descubrir una historia o una escena que te impacte, te conmueva.

Gracias por tus comentarios. Volveré con calma, me gusta lo que acabo de encontrar por aquí.

Alamut dijo...

Gracias Lu por perderte por aquí, por tu comentario y por tener ganas de volver. En Madrid todavía quedan cines en los que puedes escuchar la voz de la taquillera y de lunes aviernes muchos de ellos son sesión no numerada, pero los fines de semana, para rentabilizar asientos al máximo, los numeran. Yo siempre recuerdo aquellos cines de sesión continua que me enseñaron a amar el cine. Besos

Rossina dijo...

DIGAME CINCO PELICULAS QUE NO SE DEBERIAN DEJAR DE VER...

EL HADA IGNORANTE, EL BAÑO TURCO, CUORE SACRO, SOUS LE SABLE, LA PISCINE...
LAS TRES PRIMERAS DE FERZAN OSPETEK, LAS OTRAS DE OZON.